jueves, 22 de junio de 2017

Día 3 - De una nueva forma de compañía

Es el tercer día desde que me caí por las escaleras, me operaron y me pusieron un yeso. La vida de repente es un golpe. Si uno está acostumbrado a tener las cosas bajo control de pronto sentir que estás sujeto al dolor, dependiente de otros y que no te puedes valer por ti mismo es como una cadena. Me da rabia, porque justo ahora comenzaba a poner en orden muchas cosas. Una operación, una lesión, un frenazo de este tipo, una receta de reposo y de medicinas que dan sueño y causan fatiga sin duda que lo obligan a uno a cambiar el ritmo.

Hay quien dice que los accidentes son avisos del destino, que cuanto estas cosas pasan es porque hay una señal por ahí que te está avisando que debes bajar la marcha y mirar a tu alrededor. La calma nunca ha sido uno de mis fuertes. Cuando veo algo que quiero, generalmente soy como una locomotora. Por otro lado, hay cosas que quiero de las cuales a veces me siento alejada, como trancada, como si tuviera que llegar a un lugar y no pudiera salir de mi casa porque frente a la puerta hay un río enorme, crecido y que para atravesarlo necesito recursos, ingenio, paciencia, no nada más las ganas y la valentía.

Esa ha sido mi historia durante varios años. Las cosas me parecen más difíciles que lo son, pero por otro lado no son tan sencillas como parece. Es como una canción de Ricardo Arjona, lo siento. Pero son ganas de decirlo todo a la vez. El caso es que de pronto me encuentro con las piernas estiradas, la computadora entre las piernas, el tiempo vacío, pero lleno a la vez. Es demasiado extraño, de pronto una incapacidad es una oportunidad. Mientras haya electricidad en el tomacorriente, la computadora prenda, el teléfono funcione y queden algo de neuronas despiertas quedará algo por hacer.

Desde hace setenta y dos horas mi casa es mi mundo. La diferencia entre el piso de arriba y el de abajo es de un continente a otro. Subir o bajar es cruzar un océano. Lo he hecho a rastras y con las muletas, como quien dice que ha ido a Europa en barco y en avión. Me la pienso. También me la juego, porque desde que me caí y me rompí, y me quedé sin poder caminar como es debido me vi de frente con una suerte de fragilidad que no sabía que tenía por dentro. Ya no puedo ir tras de mi esposo si estamos discutiendo, tampoco me resulta tan fácil recoger algo que se ha caído al suelo. Salir es una batalla campal y siento que las horas pasan con una lentitud que sólo me habían reservado anteriormente para los trancones del tráfico.


Mis días se han ido entre algunas actividades y el nuevo aprendizaje de una cotidianeidad desconocida para mí. Usar muletas. Bañarme con una bolsa en el pie. Caminar brincando. Sentir terror de una escalera, ver una montaña, un precipicio, dormir con el ardor de una herida quirúrgica escondida tras férulas y vendajes. Mirar el reloj, tachar un día  y esperar. La gente me dice que escriba. Que escriba y de pronto ante la página en blanco me siento en parálisis total. No es sólo lo que me toca en la personal, sino que mientras miro las horas pasar y trato de darle a mi voz un camino mi país se cae a pedazos. Algún día tendré que contar como mientras la historia sucedía yo tenía un pie sobre almohadas y sacaba tríceps y abdominales para ponerme de pie entre sobresaltos y declaraba una pequeña victoria personal al sentir que dominaba un par de muletas. Pero es lo que me tocó. No hay nada que pueda hacer para cambiar esta circunstancia, me queda esperar y quizás lo más fuerte de todo esto es que me toca enfrentarme a mi propia compañía.

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